Dylan Roof, el asesino de Charleston, con las banderas del Apartheid y de Rodhesia. Fuente: elmundo.es
Dylan Roof, el asesino de Charleston, con las banderas del Apartheid y de Rodhesia. Fuente: elmundo.es

El asesino de Charleston

Advertencia: este es un texto puramente literario, que poco o nada tiene que ver con la realidad del asesino de Charleston, Dylan Roof, que ha inspirado este relato corto en el que intento meterme en la cabeza de un brutal asesino racista.

Él no siente dolor. Escucha impávido las declaraciones de un familiar de una víctima, sin rastro de arrepentimiento en su rostro. Parece alguien sin vida.

Él solamente repitió lo que su familia le había dicho durante toda su vida. Había vivido rodeado de una familia ignorante y racista, y no conocía otra cosa en esa profunda Carolina del Sur en la que la población negra es muy numerosa.

“Los negros son estúpidos y violentos” había dicho su padre el mismo día en que le regaló una pistola por su 21 cumpleaños. El año anterior le había regalado un parche de la bandera del Apartheid y otro de Rodhesia (ahora Zimbabwe), que lucía en su chaqueta militar.

El odio lo iba consumiendo día a día, como una enfermedad. Soñaba con sangre, soñaba que mataba a todos esos negros e hispanos que tanto daño hacían a la sociedad blanca, que tanto infectaban a la sociedad con sus crímenes y delitos.

Primero abrió un blog en internet con el que consiguió desahogarse durante una temporada. “Los negros son los más racistas, más que los blancos”, escribió en él, “siempre cogen cualquier excusa para achacarlo al racismo, y siempre creen que están siendo atacados”.

Luego empezaron las drogas. Se había empezado a juntar con un grupo de amigos que pensaban como él y que creían tener la razón absoluta. Ellos fueron los que le dieron las drogas con las que conseguía mantener ese odio aplacado en lo más profundo de su ser. Eran la única forma de calmarle. Podía sentir la heroína entrando por sus venas y se sentía libre.

Pero las pesadillas terminaban volviendo cada noche. Tenía la pistola justo allí, delante de sus narices. Sólo tenía que planearlo. Todo saldría bien. Quería sangre, sangre negra. Cada noche apretaba el gatillo contra miles de personas que para él no eran personas, eran sombras que querían hacerle daño.

Al final las drogas dejaron de funcionar y ya no podía contener su rabia y su odio, que cada día más crecía y se alimentaba de su ser, más demacrado a medida que pasaba el tiempo.

Su obsesión iba en aumento, ya no sabía si lo que veía era realidad o ficción, no sabía distinguirlo. Hasta que se encontró en esa iglesia, delante de un montón de personas de piel oscura rezando, con el dedo en el gatillo. Y lo apretó. Lo apretó nueve veces contra la espalda de personas indefensas, que murieron sin ver la cara del asesino, la cara de la muerte.

Luego huyó. Huyó al ver que la sangre era roja igual que la suya, que el terror de las personas a las que había disparado era igual que el terror que le habían metido a él en la cabeza desde pequeño y que los gritos eran iguales que los que él sentía por dentro.

Y en ese momento murió por dentro. Todo el dolor que había provocado se había tornado contra él. Ya no existía para nadie.

Sobre Anna Prats

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