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Reseña: El libro prohibido de la economía de Fernando Trías de Bes

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Trías de Bes podría definirse como el Jorge Bucay de la economía. Muchos podrían acusarle de haberse hecho de oro aprovechando el auge de libros sobre divulgación económica que surgieron como churros tras la crisis de la burbuja inmobiliaria como es el caso de su ópera prima, El libro negro del emprendedor. Con El libro prohibido de la economía, que recibió el Premi Espasa 2015, el autor hace una especie de glosario de autoayuda que parece destinado para empresarios fracasados, donde se utiliza un tipo de humor y de ironía con el cual solo se puede sentir identificada la persona que alguna vez ha tenido una empresa y que considera más importante su propio beneficio que el de la sociedad en general.

Parece que el autor no se posicione ni a la derecha ni a la izquierda, de hecho un periodista de 20 minutos empezaba una entrevista a Trías de Bes con un “tu has repartido a la derecha y a la izquierda con tu libro”. Pero la realidad es que el libro parece extraído del programa económico de Ciudadanos (o a la inversa: tanto monta, monta tanto).

No es casualidad que el primer capítulo parezca ganarse a los lectores que no son empresarios ironizando sobre las estrategias de marketing más invasivas que utilizan las grandes empresas. No obstante, después de este capítulo, con el que ha congeniado con una parte de los lectores que están cansados del marketing mentiroso y chapucero de grandes superficies de alimentación y moda, entra en un territorio bastante poco cuidadoso económicamente hablando en el capítulo donde habla del Estado y políticas económicas, con un tufo a derecha neocapitalista que intenta camuflar en el primer capítulo pero que te deja mareado hasta el final del libro, donde no falta el “humor” hacia el único partido político que menciona con frases como “y luego se extrañan del auge de Podemos”.

El autor deja helado con afirmaciones como: “es decir, esforzarse y arriesgar para ingresar el doble que otro se traduce en disfrutar de una cuarta parte más que este”. Aquí el autor hace referencia a su rechazo hacia las escalas impositivas progresivas, porque las considera injustas para alguien que supuestamente se esfuerza más para ingresar una cuarta parte más que el vecino de al lado.

Y de aquí surgen dos reflexiones: ¿Es que un empresario se esfuerza más que una persona asalariada que tiene dos trabajos para poder llegar a fin de mes? Y la segunda: ¿Es que una persona trabaja para poder disfrutar más que el vecino y no por realización y satisfacción personal?

Al pan pan y al vino vino

De hecho, el autor rechaza cualquier tipo de impuesto, y menos si favorece a las personas con una renta baja con la intención de paliar las desigualdades para con las rentas más altas, y pone como ejemplo a una persona que cobra 100.000 euros y a una que cobra 50.000 donde, con las escalas progresivas impositivas, la primera dispondrá de 88.750 euros netos y la segunda, que cobra la mitad, dispondrá de 71.250 euros netos. Es decir, al autor no le gusta que una persona que cobra el doble que otra acabe disponiendo “solamente” de una cuarta parte más que el que cobra más, y no de la mitad, que consideraría más justo. Parece una actitud infantil e injusta maquillada de verdad oculta “que el Gobierno no quiere que sepas”, como dice en la portada, haciendo una apología de la insolidaridad y de la desigualdad como consecuencia del capitalismo salvaje en el que vivimos.

Y también se equivoca cuando da su definición personal de “Impuesto de Sucesiones”, y si no se equivoca, de hecho lo reduce de forma simplista y poco acertada, ya que considera que “es un gravamen mediante el cual, pasadas varias generaciones, todo acabaría siendo propiedad del Estado”, una definición que parece evocar a Chávez y su famoso “¡Exprópiese!”, cuando en realidad está olvidando que esta nueva generación creará más riqueza, es imposible que no lo haga, y por ello se puede afirmar que esta situación nunca se daría y es ridículo y surrealista pensarlo de forma teórica cuando en la práctica nunca sucedería.

Además, también hace demagogia (o se acerca) cuando iguala las políticas de protección de las empresas nacionales con una autarquía, ya que de fomentar empresas nacionales a ser un estado autárquico, hay un trecho bastante grande. De hecho, justo cuando acaba de mencionar a Franco, no se olvida de dejar una perla para los posibles votantes de Podemos: “Así que nunca vote a partidos políticos que protejan industrias nacionales. Aunque le vendan que están protegiendo el empleo interior, en realidad, están reduciendo su nivel de vida”. Y se queda tan ancho, sin dar ninguna explicación.

Por no hablar de que el autor, que se autoconsidera un “liberal-indignado”, invita al lector a escapar de los inspectores de Hacienda el máximo posible, a que no sea usted “tonto”, que ya pringarán los demás. Además, el autor en ningún momento menciona a los máximos defraudadores de Hacienda, los que poseen grandes fortunas en Suiza o en algún paraíso fiscal, quizás porque estos son posibles lectores de su libro y porque es más fácil culpar a una persona que hace una factura en negro para poder llegar a fin de mes que a un político roba y hace del dinero negro su forma de vida.

El propio autor critica a los “gurú” económicos, que considera “timadores que viven de la ignorancia ajena”, porque según ellos hacen predicciones como si fuesen adivinos. ¿Pero como puede él alienarse de una definición así cuando él escribe para un público poco instruido en economía, es decir, ignorante en temas de economía?

En una entrevista al periódico 20 minutos, Trías de Bes contesta que “solamente se ofenderá [con su libro] quien tenga algo que ocultar o quien realice malas prácticas”. Pero no habla de los que puedan sentirse insultados por cobrar el salario mínimo mientras se esfuerzan y trabajan más horas que su jefe, que cobra el triple o más que ellos, y tampoco habla de las personas que pagan religiosamente todos los impuestos y que se pueden sentir ofendidas por leer que son “tontas” y que son los “pringados” a los que se refiere Trías de Bes.

En definitiva, el libro intenta dibujar un retrato rococó y aburguesado de una visión idílica que desearía cualquier emprendedor o empresario, que lee este libro y disfruta de las bromas que hace el autor sobre el populacho y sobre un partido apoyado por 5 millones de personas (que no ha considerado que puedan ser un lector potencial de su libro), como disfrutaría un aristócrata del siglo XVIII contemplando El columpio de Fragonard.

Sobre Anna Prats

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