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Neruda, Rodoreda y Zafón en un Starbucks

– Un café para mi amigo Pablo y otro para mí – diría yo.

– A mí pónmelo descafeinado, que luego no duermo y me da por escribir – diría él.

Puedo imaginármelo sorbiendo lentamente un vulgar vaso de cartón que rezaría “Neruda” en un Starbucks abarrotado de gente. Lo veo mirando al techo y pronunciando: “Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti misma, y sólo esa, puede ser la más feliz o más amarga de tus horas”.

Al cabo de unos minutos, alguien se acercaría. Mi miopía me impediría ver quién es hasta que se sentara a mi izquierda, aunque ya sabría de quién se trata. Con una sonrisa espectacular y un cabello rizado y rubio como un ángel, “Mercè” posaría su vaso en la mesa y empezaríamos a charlar como si no hubiera pasado nada y hubiésemos sido tres desde el principio.

En la mesa de al lado dos jóvenes empezarían a discutir y la chica se iría de la cafetería.

L’amor com més lluny més bonic (El amor cuanto más lejos más bonito)– diría mientras suspira Mercè Rodoreda, compungida.

Rodoreda miraría de refilón a Neruda y, con tres palabras, quedaría maravillada por los ambages poéticos que daban las palabras del joven.

De repente, un hombre calvo, con gafas y algo rechoncho se acercaría y miraría asombrado a la pareja de escritores.

– ¿¡Cómo es posible!? ¿¡Estoy soñando!?

– Tranquilo, baja la voz, les he invitado yo. Y a ti también – diría yo con una sonrisa de oreja a oreja.

– Pero si están… – estaría a punto de pronunciar la palabra muertos, pero no lo haría. Simplemente se sentaría en frente de mí y disfrutaría del espectáculo.

El hombre llevaría una camiseta con el dibujo de un dragón y en la mano un libro de un tal Julián Carax irradiante de misterio, que haría que no pudiera parar de desear abrirlo.

Al final, le preguntaría sobre el libro misterioso.

– Los libros son espejos: sólo se ve en ellos lo que uno ya lleva dentro – contestaría.

Entonces, me acabaría la última gota de el café latte y delante de mí sólo quedarían tres butacas vacías. Alrededor, una familia que me miraría de soslayo esperando a que me levantara para colonizar la mesa.

Sobre Anna Prats

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